{"id":60,"date":"2022-08-16T14:31:32","date_gmt":"2022-08-16T14:31:32","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.harvard.edu\/wrex\/?p=60"},"modified":"2022-08-16T14:31:32","modified_gmt":"2022-08-16T14:31:32","slug":"60-2","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/archive.blogs.harvard.edu\/wrex\/60-2\/","title":{"rendered":""},"content":{"rendered":"<p>Octubre de 1980, Baltimore<\/p>\n<p>Lo que le quedaba por hacer era igual de delicado, a saber, cerrar y extraer la herramienta. May tuvo cuidado de no moverla al abrir el caj\u00f3n.<\/p>\n<p>Unas gafas, una polvera, un cepillo, un pintalabios, un bote de crema para las manos\u2026 \u00bfd\u00f3nde estaba la maldita carpeta? Cogi\u00f3 un mont\u00f3n de documentos, los dej\u00f3 en la mesa y se puso a estudiarlos uno a uno. La lista de invitados apareci\u00f3 por fin, y May sinti\u00f3 que se le aceleraba el coraz\u00f3n al pensar en el riesgo que supon\u00eda para ella a\u00f1adir dos nombres a esa lista.<\/p>\n<p>\u2014Tranquila, May \u2014murmur\u00f3\u2014, ya casi lo tienes.<\/p>\n<p>Ech\u00f3 un vistazo al reloj de pared, a\u00fan pod\u00eda seguir all\u00ed quince minutos m\u00e1s sin exponerse demasiado. \u00bfY si la se\u00f1orita Verdier llegaba hoy antes al cl\u00edmax?<\/p>\n<p>\u2014No pienses en eso, no recorre todo ese trecho para privarse de los preliminares, si tuviera prisa, se satisfar\u00eda ella solita.<\/p>\n<p>May mir\u00f3 la m\u00e1quina de escribir que estaba sobre la mesa, una Underwood de las m\u00e1s cl\u00e1sicas. Coloc\u00f3 la hoja en el soporte, levant\u00f3 la varilla y gir\u00f3 la rueda del interlineado. El papel se enroll\u00f3 alrededor del rodillo antes de volver a aparecer.<\/p>\n<p>May se dispuso a teclear los nombres falsos que quer\u00eda a\u00f1adir, uno para ella y otro para Sally-Anne y, debajo, la direcci\u00f3n del apartado de correos que hab\u00edan abierto la semana anterior en la estafeta central. No cab\u00eda duda de que, alg\u00fan d\u00eda, la polic\u00eda examinar\u00eda de cerca esa lista, buscando en ella a los culpables del delito. Pero esos nombres falsos sin domicilio real no aportar\u00edan ninguna pista. Tecle\u00f3 el primero, con cuidado de presionar suavemente las teclas para ahogar el traqueteo de los martillos que golpeaban la cinta entintada. Despu\u00e9s manipul\u00f3 con sumo cuidado la palanca del carro, tratando de evitar el tintineo que acompa\u00f1aba el cambio de l\u00ednea. Pese a todo son\u00f3.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfSe\u00f1orita Verdier? \u00bfHa vuelto usted ya?<\/p>\n<p>La voz lleg\u00f3 de la habitaci\u00f3n contigua. May se par\u00f3, petrificada. Se arrodill\u00f3 despacio y se acurruc\u00f3 en posici\u00f3n fetal debajo del escritorio. Oy\u00f3 acercarse un ruido de pasos, la puerta se entreabri\u00f3, y el se\u00f1or Stanfield, con la mano en el picaporte, asom\u00f3 la cabeza.<\/p>\n<p>\u2014\u00bfSe\u00f1orita Verdier?<\/p>\n<p>El despacho estaba tan ordenado como siempre, su secretaria era la encarnaci\u00f3n del orden, y apenas se fij\u00f3 en la m\u00e1quina de escribir. Menos mal, pues la se\u00f1orita Verdier nunca se habr\u00eda ausentado dejando una hoja en el carro. Se encogi\u00f3 de hombros y cerr\u00f3 la puerta, mascullando que ser\u00edan imaginaciones suyas.<\/p>\n<p>Tuvieron que pasar varios minutos para que a May dejaran de temblarle las manos. En realidad, le temblaba el cuerpo entero, nunca hab\u00eda tenido tanto miedo en su vida.<\/p>\n<p>El tictac del reloj de pared le hizo recuperar el aplomo. Como mucho le quedar\u00edan unos diez minutos. Diez minutitos de nada para teclear el segundo nombre y la direcci\u00f3n que lo acompa\u00f1aba, dejar la hoja en su lugar, cerrar el caj\u00f3n con llave, extraer la ganz\u00faa y abandonar la casa antes de que volviera la secretaria. May se hab\u00eda retrasado, ya deber\u00eda haberse reunido con Sally-Anne, que estar\u00eda muerta de preocupaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u2014Conc\u00e9ntrate, maldita sea, no tienes ni un segundo que perder.<\/p>\n<p>Una tecla, otra m\u00e1s, y otra\u2026 Si el viejo de al lado o\u00eda el traqueteo del teclado esta vez no se contentar\u00eda con una mirada furtiva.<\/p>\n<p>Listo. Ya solo le quedaba hacer girar el rodillo y liberar la hoja. Dejarla exactamente en su sitio entre el mont\u00f3n de documentos, alinearlos bien en bloque, sobre la alfombra para no hacer ruido. Guardarlos en el caj\u00f3n y cerrarlo, contener la respiraci\u00f3n al girar la ganz\u00faa, o\u00edr el clic de los pistones, nada de eso es f\u00e1cil cuando te late el coraz\u00f3n hasta en las sienes y se te perla la frente de sudor\u2026 Un mil\u00edmetro m\u00e1s.<\/p>\n<p>\u2014No pierdas la calma, May, si se bloquea la ganz\u00faa, todo se va al traste.<\/p>\n<p>Y se le hab\u00eda bloqueado muchas veces en los ensayos.<\/p>\n<p>La extrajo por fin, se la guard\u00f3 en el bolsillo, cogi\u00f3 de paso el pa\u00f1uelo de papel y se enjug\u00f3 la palma de la mano y la frente. Si el mayordomo la ve\u00eda irse empapada en sudor, sospechar\u00eda.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Octubre de 1980, Baltimore Lo que le quedaba por hacer era igual de delicado, a saber, cerrar y extraer la herramienta. May tuvo cuidado de no moverla al abrir el caj\u00f3n. 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